Co-laboraciones

2022

MEDEA

Co.laboracion con el cineasta Andrés Duque con poemas del libro Medea en la voz de la autora.

2020

MEDEA

Video-creación de Lisi Prada

 

2013

DÓNDE MUEREN LOS PÁJAROS I

En colaboración con David Escalona

 

Exposición en Galería Isabel Hurley, Málaga, 2013

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2017

SI UNA MUJER VINIERA

DÓNDE MUEREN LOS PÁJAROS II

En colaboración con David Escalona

 

Exposición en el Instituto Cervantes de Nueva Delhi. India Art Fair. 2017

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2017

Y SI ENEMIGO NO HUBIESE

DÓNDE MUEREN LOS PÁJAROS III

En colaboración con David Escalona

 

Exposición en el Hospital Real de Granada. 2017
Instalaciones en la Sala de la Capilla e intervención en el Patio de los Inocentes.

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2008  

MUR XL

En colaboración con Emilio López Menchero.

 

Obra permanente realizada alrededor del muro del cementerio de Ixelles (Bruselas), realizada a partir de un proyecto de Emilio López-Menchero para  « Vers Bruxelles. Poésie dans la ville », una iniciativa de la organización Het beschrijf en colaboración con la librería Passa Porta.

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2014

CHANTAL ENCHANTÉE

En colaboración con Emilio López Menchero.

 

Intervención en la Maison des Cultures et de la Cohésion Sociale, Molenbeek (Bruselas).

2014

«Groenendaal»

Video-creación de Gerardo Ballesteros

 

Poema de Bélgica (2011) en voz de la autora

2014

Etterbeek

Video-creación de Gerardo Ballesteros

 

Poema de Bélgica (2011) en voz de la autora

2007

Colaboración en obra “Voces de basalto negro” de José Freixanes

 

 

Espacio Jan Assaad Basha de Damasco (Siria).

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2003

Colaboración con José Freixanes en su Obra “Escrituras”

 

 

Sala Minerva del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

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2002

LAS HUELLAS DE CHANTAL

 

 

Performance  en el tapiz realizado por José Freixanes en el Corral del Carbón, Granada.

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[qode_accordion style=»toggle»][qode_accordion_tab title=»Texto de Chantal»]

1. Las huellas de Chantal (2002) 

Camino descalza por la galería que rodea el patio. Entre el público. Leo un poema. …yo nada tengo salvo /las huellas de mis pies desnudos / en la tierra. / Las huellas de mis pies / desnudos en la tierra…  Luego, me calzo unas botas, cubro el punjabi que llevo con una chaqueta, y entro en escena. Sobre el polvo de arroz, en un lateral, hay una mesa pequeña con una vela. Un niño, desde la galería superior, ha dejado caer un trompo de madera justo delante de la mesa. Me siento. Me encorvo. Leo: Hace frío. Llevamos dos días sin luz. Una vela tímida alumbra lo que escribo. El humo de las boñigas llena el aire y he tenido que refugiarme en mi cuarto. La humedad se me pega a la nariz. La atmósfera de Benarés se insinúa en aquella parte del tapiz. Es la primera de las tres ciudades cuya silueta Freixanes, sin saberlo, sin quererlo, ha trazado para mí. Es su tapiz, pero es mi viaje. Es mi tapiz, y es su viaje.

Salgo a la galería, me despojo de la chaqueta, me descalzo, y vuelvo a entrar por otro lateral. En el centro del patio hay un abrevadero. En mi Diario de Benáres hay un abrevadero. No estaba previsto. Me dirijo hacia ahí y leo:

El lugar sagrado: un abrevadero. Centro que re-une por la naturaleza de su energía, aquella en la que todos los miembros de una comunidad se abrevan. Lugar que devuelve lo común, que vuelve a hacer comunitaria la energía disgregada. Un dios, una diosa es un lugar sagrado o su núcleo.

Convertirse en dios: neutralizar lo personal, erradicarlo, limpiar la energía de aquello que la diferencia, convertirse en lugar común, lugar para la comunión. Ser un abrevadero.

(…)

Pero Occidente ha invertido el camino. Ha perdido a sus dioses. Los dioses de Occidente se descargan, sus lugares se ahuecan.

Punjabi blanco sobre polvo de arroz. Blanco sobre blanco. Pero es Kali, la negra, la que ahora, descalza, deja sus huellas. Mi rostro está ahora atravesado por líneas de pintura roja. Y es curioso: a las palabras que pongo en boca de la diosa, a la rigurosa reivindicación de su soledad, a su inclemencia viene a superponerse un coro de pájaros que pasan sobrevolando el cielo del Corral en la última luz del atardecer.

Luego es Bangalore. Mis pies en el alvero. Aquél podría ser yo, he sido yo, seré yo… Llevo al cuello una urnita con las cenizas de una puja que unos amigos hicieron para mí en Benarés. Quiero vaciarla en el abrevadero. Por todos lo que soy, por todos los que he sido, y por aquellos que no seré nunca.

La tercera ciudad es Jaisalmer. Mis pasos terminan allí, en el desierto. En realidad, de los tres libros éste es el primero. He invertido los términos sin darme cuenta de que, de esta manera, terminaba el viaje como había de ser: en su origen.

Aquella performance fue, desde el punto de vista oficial, una presentación, la de una obra que se inauguraba en ese momento. Pero, en realidad, era mucho más que eso. Al pisar aquel tapiz, al deambular en él, yo inauguraba lo que la obra debía venir a ser: un retrato del tiempo. Después de mí, otras huellas vendrían a formar parte de él: las de los pájaros, las de un turista despistado, alguna rama, la peonza que el niño deja caer desde el piso superior… esa sucesión de acontecimientos, trayectorias que se entrecruzan o advienen, paralelas, sucesivas o simultáneas, eso es lo que habría de ir haciendo obra. Las huellas no eran la obra, sino su testimonio. De todo ello, las huellas darían testimonio. Configurarían, al final, en un bloque de tiempo único, un mapa arbitrariamente resolutivo. ¿Para la memoria? No, no se trataba la memoria, sino de la fusión, la coincidencia en el tiempo de las diversas trayectorias que se in-corporan por medio de sus signos. La obra, finalizada, sería signo, también ella. Todos los signos, al reunirse en ella, formarían el siglo de un acontecer. El tapiz permitió que las cosas se posasen en él y formasen escritura. O así, al menos, la descifra quien la cuenta, ahora, de memoria.

En cuanto a mi voz, ¿llegó a formar parte del lienzo? Mi voz contaba. Contaba algo que estaba escrito, algo que daba cuenta de otro tiempo, de algo que ocurrió en otro tiempo. Mientras duró la performance, para el espectador de la misma, y sólo para él, el contenido de lo escrito cobró entidad significativa. ¿Dejó la voz alguna huella en el lienzo? Yo sé que sí.

Enséñame el camino que siguen las estrellas fugaces,

(…)

Enséñame a olvidar las huellas de mis pasos en la tierra…

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2. Escrituras (2003).

Esta vez, la función de lienzo, la cumple una pantalla. Está dispuesta, también aquí, sobre polvo de arroz. En él, hay “impreso” un oleaje de huellas curvas y quebradas: el encuentro entre múltiples escrituras o lenguajes. Al fondo de la sala, en la pantalla, una silueta (la mía) de medio cuerpo, recitando. Pantalla sobre lienzo, escritura sobre escritura. El tapiz es un soporte orográfico para la voz. Es text-ura, cuerpo texto para un texto.

El tiempo, esta vez, no sucede sino que se ensancha. La voz está dispuesta en bucle continuo. La fugacidad, en este caso, no es el tema. El tema es la escritura, y lo que dice la voz. La voz que dice la escritura, igualmente. La voz no cuenta, sino que da cuenta, y de lo que da cuenta es de la escritura, de su función salvífica. Escribir para decir el grito/ (…) / para transformarlo/ (…)/ escribir el dolor / para proyectarlo / para actuar sobre él con la palabra / (…) / escribir para curar/ (…) / escribir para no mentir / para dejar de mentir / (…) / todas las muertes son mi muerte / mi grito es el de todos… La voz resuena en aquella sala pequeña del sótano como en una catacumba. La voz dice, abajo. Dice de los fueron, de los que padecieron, abajo, sin que su voz pudiese salir a la luz, a otra luz que no fuese la suya, la que su voz proyecta, en lo profundo. Abajo, la palabra oscura, la palabra oculta, ocultada, navega sobre el océano formado por el encuentro de las lenguas. El lienzo, esta vez, da cuenta de la experiencia más universal, la del dolor soterrado, murmurado.

Abajo, casi en secreto porque la abertura da lugar tan sólo a que una o dos personas asistan, de pie, el espectador, el oyente escucha la palabra-latido de un alma que, aunque en un momento fue mía, es la suya propia, la de todos.

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3. Damasco (2007)

Aquí, voy a ciegas. O casi. Conozco el lugar. He recorrido en otra ocasión aquel palacio otomano y el piso de arriba, con sus muchas puertas que abren sobre las habitaciones. En una de ellas está mi voz. Eso es lo que sé. Me imagino una habitación oscura y dentro… No sé lo que hay dentro aparte de mi voz. Letras, creo. Voy a ciegas.

Abajo, en el suelo del patio, sé que las letras se curvan. También se curva la escritura en los idiomas occidentales, sí, pero de otra manera. Nuestras letras no están soportadas sobre una línea de horizonte como lo están las de la escritura árabe, ni colgadas de ella como el devanagari. Las letras árabes son como barcas que surcan océanos. En calma. Para escribir hay que estar en calma.

Damasco. Una ciudad hospitalaria que me acogió con amabilidad fraterna, una ciudad con magia. Me entregó uno de esos recuerdos que quedan impresos por siempre: un rayo de sol que atravesaba la rendija de la cortina al amanecer y hacía, en los cristales un sonido parecido al de la arenisca. El sol se levanta bruscamente en esas regiones; se pasa rápidamente del frío de la noche al fuerte calor del día. Esa brusquedad es la que, supongo, hacía que los cristales crujiesen al amanecer, mientras la habitación se iluminaba de una luz dorada y me despertaba al posarse de repente en la almohada. Era para mí algo así como el perdón, algo inmerecido y bendito.

Por obra (y gracia) de Freixanes, mi voz recitó en Damasco el poema del amanecer en Damasco, y el rayo amarillo fue devuelto a su espacio después de haberme acompañado durante dos años. Por obra y en obra de Freixanes, el don fue devuelto a quien lo otorgó sin por eso abandonarme, porque así ocurre con los dones. Esto, el artista no lo sabía, y no lo sabrá hasta que lea estas líneas; él nunca conoce la razón oculta por la que me pide que haga ciertas cosas. Tampoco yo lo sé en ese momento. Lo entiendo después, cuando el ritual se ha cumplido, cuando la obra se ha efectuado. Entiendo que es así como el arte cumple aún, en ciertos casos, esa antigua función mediadora.

Hoy he visto la habitación del piso superior. Lleva un letrero en la puerta con mi nombre. Es una alcoba austera, en penumbra. Una oscuridad que se me parece. Alberga una daga de sol, pero no se la ve. Tan sólo se oye. Yo, aquí, no puedo oírla. Freixanes hizo mi cuerpo, allí, en Damasco, y dejó que resonase.

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