1. Las huellas de Chantal (2002)
Camino descalza por la galería que rodea el patio. Entre el público. Leo un poema. …yo nada tengo salvo /las huellas de mis pies desnudos / en la tierra. / Las huellas de mis pies / desnudos en la tierra… Luego, me calzo unas botas, cubro el punjabi que llevo con una chaqueta, y entro en escena. Sobre el polvo de arroz, en un lateral, hay una mesa pequeña con una vela. Un niño, desde la galería superior, ha dejado caer un trompo de madera justo delante de la mesa. Me siento. Me encorvo. Leo: Hace frío. Llevamos dos días sin luz. Una vela tímida alumbra lo que escribo. El humo de las boñigas llena el aire y he tenido que refugiarme en mi cuarto. La humedad se me pega a la nariz. La atmósfera de Benarés se insinúa en aquella parte del tapiz. Es la primera de las tres ciudades cuya silueta Freixanes, sin saberlo, sin quererlo, ha trazado para mí. Es su tapiz, pero es mi viaje. Es mi tapiz, y es su viaje.
Salgo a la galería, me despojo de la chaqueta, me descalzo, y vuelvo a entrar por otro lateral. En el centro del patio hay un abrevadero. En mi Diario de Benáres hay un abrevadero. No estaba previsto. Me dirijo hacia ahí y leo:
El lugar sagrado: un abrevadero. Centro que re-une por la naturaleza de su energía, aquella en la que todos los miembros de una comunidad se abrevan. Lugar que devuelve lo común, que vuelve a hacer comunitaria la energía disgregada. Un dios, una diosa es un lugar sagrado o su núcleo.
Convertirse en dios: neutralizar lo personal, erradicarlo, limpiar la energía de aquello que la diferencia, convertirse en lugar común, lugar para la comunión. Ser un abrevadero.
(…)
Pero Occidente ha invertido el camino. Ha perdido a sus dioses. Los dioses de Occidente se descargan, sus lugares se ahuecan.
Punjabi blanco sobre polvo de arroz. Blanco sobre blanco. Pero es Kali, la negra, la que ahora, descalza, deja sus huellas. Mi rostro está ahora atravesado por líneas de pintura roja. Y es curioso: a las palabras que pongo en boca de la diosa, a la rigurosa reivindicación de su soledad, a su inclemencia viene a superponerse un coro de pájaros que pasan sobrevolando el cielo del Corral en la última luz del atardecer.
Luego es Bangalore. Mis pies en el alvero. Aquél podría ser yo, he sido yo, seré yo… Llevo al cuello una urnita con las cenizas de una puja que unos amigos hicieron para mí en Benarés. Quiero vaciarla en el abrevadero. Por todos lo que soy, por todos los que he sido, y por aquellos que no seré nunca.
La tercera ciudad es Jaisalmer. Mis pasos terminan allí, en el desierto. En realidad, de los tres libros éste es el primero. He invertido los términos sin darme cuenta de que, de esta manera, terminaba el viaje como había de ser: en su origen.
Aquella performance fue, desde el punto de vista oficial, una presentación, la de una obra que se inauguraba en ese momento. Pero, en realidad, era mucho más que eso. Al pisar aquel tapiz, al deambular en él, yo inauguraba lo que la obra debía venir a ser: un retrato del tiempo. Después de mí, otras huellas vendrían a formar parte de él: las de los pájaros, las de un turista despistado, alguna rama, la peonza que el niño deja caer desde el piso superior… esa sucesión de acontecimientos, trayectorias que se entrecruzan o advienen, paralelas, sucesivas o simultáneas, eso es lo que habría de ir haciendo obra. Las huellas no eran la obra, sino su testimonio. De todo ello, las huellas darían testimonio. Configurarían, al final, en un bloque de tiempo único, un mapa arbitrariamente resolutivo. ¿Para la memoria? No, no se trataba la memoria, sino de la fusión, la coincidencia en el tiempo de las diversas trayectorias que se in-corporan por medio de sus signos. La obra, finalizada, sería signo, también ella. Todos los signos, al reunirse en ella, formarían el siglo de un acontecer. El tapiz permitió que las cosas se posasen en él y formasen escritura. O así, al menos, la descifra quien la cuenta, ahora, de memoria.
En cuanto a mi voz, ¿llegó a formar parte del lienzo? Mi voz contaba. Contaba algo que estaba escrito, algo que daba cuenta de otro tiempo, de algo que ocurrió en otro tiempo. Mientras duró la performance, para el espectador de la misma, y sólo para él, el contenido de lo escrito cobró entidad significativa. ¿Dejó la voz alguna huella en el lienzo? Yo sé que sí.
Enséñame el camino que siguen las estrellas fugaces,
(…)
Enséñame a olvidar las huellas de mis pasos en la tierra…